Esa inquietante temporalidad que no queremos contemplar.

Hace unos días, mientras daba un paseo, me sentí especialmente inspirada por la enorme cantidad de hojas caídas de los árboles que había en el suelo.

Cada momento de la vida es irrepetibleEn el parque por el que tengo la gran suerte de poder pasear, hay multitud de árboles muy diferentes y sus copas también presentaban colores muy diversos: verde más oscuro o más claro, amarillo, rojizo, marrón, naranja…

Al ver cómo cada árbol se iba preparando para la llegada del invierno, se instaló en mi mente una palabra: «Temporalidad».

Refleja algo inexorable, el paso del tiempo o lo limitado de la duración de algo: el trabajo, la propiedad, determinadas soluciones, las vacaciones…, la vida…

Mientras caminaba pensaba en cómo el tiempo avanza y cómo todo va transcurriendo más o menos rápido, en cómo nos afanamos por hacer, por tener, por salir, por acumular, por avanzar en el trabajo, por mantenernos ocupados…

Y en medio de toda aquella enormidad de hojas caídas pensé sobre qué sentido puede tener ese afán, ese ir y venir permanente, ese necesitar estar ocupados a toda costa, ese constante «no tengo tiempo para…»

Todo esto nos sirve de excusa…

…para no hacer lo que realmente queremos hacer, para no dedicarnos un tiempo que necesitamos, para no meternos dentro de nosotros y averiguar qué es realmente lo que queremos y hacia dónde caminamos, para intentar frenar el cambio que experimenta de manera natural todo lo que nos rodea.

Y entonces me dí cuenta de cuántos años han ido pasando casi sin darme cuenta, de cuántas cosas me han mantenido ocupada -con frecuencia sobrepasando el límite del estrés- de cómo mi cuerpo y mi mente se han quejado reiteradamente y de cómo también insistentemente no les he hecho ningún caso.

Y en ese momento la revelación fue: sólo he pasado por cada uno de los minutos de mi vida una vez; no volveré a pasar por ninguno de ellos.

¿Realmente quiero que sigan pasando sin darme cuenta de lo que vivo en cada uno de ellos?

La respuesta es evidente: un gran NO.

Y me pregunto:

Cada momento de la vida es irrepetibleSi sólo pasamos una vez por cada minuto de nuestra vida, ¿por qué no damos -y nos damos a nosotros mismos también- lo mejor de nosotros mismos?

No me gusta la idea que muy a menudo se transmite de «vivir el momento» como si se tratase de no pensar en nada y caminar en una locura permanente del aquí y ahora.

Creo que vivir el momento tiene mucho más que ver con ese dar y darse lo mejor de uno mismo en cada minuto, en cada segundo, buscando el equilibrio interior que es el único que nos puede permitir llegar a saborear cada paso que damos, incluso cuando esos pasos son incómodos o especialmente difíciles.

No vivir pensando en el futuro, sino saboreando la esencia de nosotros mismos, lo que a cada uno nos hace especiales, lo que nos hace sentir bien.

Recordando siempre que somos temporales, que cada minuto que pasa, cada minuto que avanzamos nos reafirma un poco más en nuestra inquietante temporalidad.

Aprovechemos, miremos hacia dentro, encontremos lo que nos hace diferentes y especiales, cuidémoslo y entonces estaremos en condiciones de ofrecerlo al mundo, de dejar nuestro legado permanente, fruto de nuestro ser temporal…


La ilustración de este post pertenece a una página de mi Art Journal 2012